Tengo diez y seis años. Nunca he sido conocida por fijarme en las cosas de mi alrededor, así que no es sorpresa para nadie que no mire al cruzar la avenida, un viernes por la tarde, yendo a coger el autobús para ir a la discoteca Big Bang con unas amigas. Quiere la mala suerte que justo estuviera pasando un coche al doble de la velocidad máxima permitida, porque como bien le dijeron a mi padre cuando se quejó de Ese Pequeño Detalle, “es que nadie circula así de lento por ahí, qué tontería”. El coche se me lleva por delante. Según me cuentan, me arrastra unos veinte metros hasta frenar del todo. El impacto contra el parabrisas me dejará una calva detrás de la oreja izquierda. Contra el parachoques me dejará un simple esquince en la rodilla izquierda. Las quemaduras del roce contra el asfalto se irán sin más, no dejarán ninguna marca.
Llaman a mis padres y al parecer les dicen que he fallecido. Estoy en la UCI un par de días, luego me pasan a planta, hay mala suerte y no hay sitio en pediatría así que acabo en geriatría, compartiendo habitación con una abuelita con demencia senil que tiene por hobby aullar como una desquiciada durante la noche. No recuerdo el tiempo que estuve en la habitación, no recuerdo la cantidad de veces que me llevaron a comprobar cómo evolucionaba la hemorragia que el golpe me había dejado en el cerebro. Recuerdo mucha gente entrando y saliendo. Recuerdo salas, sillas de ruedas, mi madre echando monedas en la televisión para que yo viera El Informal. Recuerdo la férula en la pierna izquierda, las muletas que me hicieron ampollas en las manos. Recuerdo mi instituto bajándonos a toda la clase a las aulas prefabricadas del patio para que yo no tuviera que subir y bajar escaleras.
Estoy en la universidad. Mi padre tiene un mal presentimiento subiendo una cuesta una mañana, se queda sin aire; ese mismo día pide cita con el médico de cabecera, que le ausculta y acto seguido le manda de urgencia al hospital. Lo que tiene es un principio de infarto. Esa misma tarde están operándolo, le meten dos muellecitos en algún sitio, venas o arterias, no lo recuerdo, muy cerca del corazón. Como lo cogieron a tiempo, mi padre se recupera mucho más rápido de lo normal.
Estoy trabajando en el INSS cuando mi madre empieza a tener dolores horribles de espalda. Va de urgencias al hospital, es semana santa y le atiende un chaval muy joven que le manda relajantes musculares. La semana siguiente está muchísimo peor, volvemos a urgencias. La atiende un médico de mediana edad con aspecto de estar bastante menos cansado que el jovencito que la vio unos días antes. Pese a no tener ninguno de los síntomas correctos, lo que tiene mi madre es neumonía. La han cogido a tiempo. Como no expectora, no pueden saber exactamente con qué antibiótico tratarla, así que le darán de amplio espectro, tardará más en curarse, pero estará ingresada hasta que vuelva a encontrarse bien. Pasa ingresada poco más de un mes. Mi padre prácticamente vive en la habitación con ella, le dan a él también desayuno, comida y cena en el hospital. Cuando le dan el alta, le advierten de que los pulmones no se le curarán nunca del todo, así que en cuanto tenga algún síntoma de resfriado o gripe, vaya sin dudar al médico porque se acabaron los “constipados sin importancia” para ella.
Es un año después del encierro de la pandemia. Como normalizar las cosas es muy malo, el invierno siguiente hay un repunte de contagios porque Por Supuesto que los hay. Mi familia es negacionista del covid así que mi madre sale al centro con su nieto en navidades. Vuelve contagiada, y contagia a toda la familia. Mi padre da positivo el treinta y uno de diciembre. Le ingresan el día cinco de enero, su cumpleaños. Muere el día quince. Los diez días que estuvo ingresado, nos llamaban dos veces al día para informarnos de su estado, no se nos permitía visitarle salvo brevemente un a vez al día, y solo una persona. Las mujeres de mi familia tenemos un +20 en carisma, y solo hablando con el personal de la planta y prometiendo no quitarnos ni mascarilla ni guantes, mi madre, mis dos hermanas y yo podemos estar a la vez en la habitación, todo el día, durante los tres últimos días de vida de mi padre. Se ve al personal médico y de enfermería ir y venir, enfundados en batas, gafas, mascarillas. Cuando mi padre por fin nos deja, sacan a mi madre de la habitación, le traen una silla, le traen una tila de la sala de descanso. Están con ella un ratito, intentando calmarla, aunque ya nunca logrará calmarla nunca.
Un año después de la muerte de mi padre, mi madre lleva casi seis meses con dolores horribles en el vientre. Le encuentran un tumor maligno. Tienen que extirparle la vejiga y ponerle un estoma para que salga la orina. Todo sale bien, parece. En cuanto comienza a comer sólido, empiezan los dolores de nuevo. Tienen que operarla una segunda vez. Vuelve a parecer que todo está correcto. Perdemos la cuenta de cuántas veces la llevan a hacer ecografías y pruebas varias para comprobar que todo está correcto. Vuelve a comer sólido, vuelven los dolores. Todo se complica. La tienen que operar una tercera vez. Casi no hay esperanzas, pero siguen intentando que salga adelante. Por el tubo de drenaje empieza a salir bilis. Ya no hay manera de arreglarlo, lo han intentado literalmente todo. La mueven a una sala grande con un sofá grande para que las tres hijas podamos acompañarla, y un gotero de morfina para que “esté cómoda”. Tarda ocho días en irse, pese a que el médico nos había dicho que quizá no pasara de media hora. Todo ese tiempo cuidan de que esté cómoda y limpia.
Este mayo me acerco al hospital para que me hagan una ecografía del hombro. Soy muy bruta y tengo una lesión que me va durando ya va para cinco años, quizá sea momento de tratársela. Me llama un chaval joven a una sala, me echan vaselina en el hombro, una muchacha, el chaval que me ha llamado, y otro chico joven me dicen que coloque el brazo en varias posiciones y me pasan el cacharro de la ecografía por el hombro mientras observan la pantalla y me hacen preguntas sobre cómo me hice la lesión. Examinan también mi otro hombro para ver si hay alguna diferencia. Me dicen que espere, que van a llamar a la médico. Llega una señora como de mi edad, que repite más o menos lo que han hecho los tres… ¿estudiantes, quizá?, alaba a la muchacha por comparar los dos hombros, y cuando termina de examinarme me explica que en 10 días pida cita con la médico que pidió las pruebas para que me den el diagnóstico. Una enfermera me ayuda a limpiarme la parte de atrás del hombro de vaselina, les doy las gracias a todas, recojo mis cosas y me voy tranquilamente.
…
Puede ser que algún día nos olvidemos de lo fundamental que es tener un sistema de salud público, universal, con profesionales que estén descansados y estén ahí por vocación, no por motivos económicos.
Yo solo puedo dar las gracias, y rezar – y votar – para que ese día nunca llegue.

